Por fin pudimos hacer ese viaje tan deseado a Tierra Santa. El viaje suponía un reto porque mi madre tenía 75 años, dolor de rodillas, y los lugares estaban llenos de subidas, bajadas y calles resbaladizas; así que le dije a mamá que la llevaría del brazo todo el tiempo para ayudarla. Así fue los diez días.
El último día, rumbo al aeropuerto, yo la llevaba tomada del brazo y, al dar un paso en un escalón mojado, caí por la escalera golpeándome la espalda; ella me sujetó con fuerza y no solo no cayó, sino que me levantó.
Quienes vieron la escena, entre risas nerviosas, solo me preguntaron ¿quién ayudaría a quién?
Pues ella, como siempre en mi vida.
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