Ese día salió el sol. El sábado anterior que estuve ahí hacía un frío que te cortaba la piel.
Tanto agradecimiento ante un gesto, que pare mí era algo muy sencillo y normal.
Llegaron juntas. No sé si como un par de ángeles o como un par de personas abandonadas.
Iban vestidas con el atuendo típico de trabajo de la zona. Pantalón tipo pans debajo de su falda larga, calcetines, zapatos deportivos, arriba su sombrero de un plástico delgado y, bajo él, la pañoleta de colores que cubre el cabello del polvo, frío y calor (que en ese lugar hay mucho de todo). Su blusa cubierta por una chamarra de deporte y arriba el obligado mandil que llega a la rodilla.
Llegaron sonrientes.
Ella llamó mi atención. Su cara morena por el sol, llena de surcos. Línea a línea dejaban ver su vida, tristeza, soledad, descuido, tiempo. De inmediato vi su nariz. Era pequeña. Y desde mi perspectiva, de perfil, parecía una pelotilla diminuta hundida en los surcos. Ya de frente la vi, era más pequeña del lado derecho, como carcomida. Aun así ella era bella, y mostraba la belleza que antaño debió ser.
Recorrí con mi vista, sin morbo pero sí con interés, su cuerpo. Vi sus manos. Sus dedos eran ya pequeños muñones. En la mano derecha solo tenía el pulgar completo, con su uña y todo. Pero uno a uno, índice, medio…iban haciéndose más pequeños, sin uña, como mutilados. Al final, fresca como una cortada de cuchillo, de esas que rebanan la piel, estaba la marca en su dedo meñique. La mano izquierda tenía muñones aún más pequeños. Después supe que desde antes de casarse Teresa enfermó de lepra.
Ella sonreía. Era feliz a pesar de todo. Pero sus ojos, esos profundos ojos hundidos entre las arrugas, estaban también hundidos en el recuerdo y la soledad.
Charlaba de manera alegre de sus anécdotas de infancia. Recordaba como, al lado de Erlinda, iba al arroyo y se mojaba, bailaba, cantaba. Era feliz, no tenía más preocupaciones.
Con su «soda», refresco negro en botella de plástico, en la mano, uno tras otro sacaba sus cigarros. Los fumaba como la mejor delicia. Con ellos paliaba el hambre de comida y al parecer también de amor.
Llegó la hora de la comida y se le invitó. Ella se negó reiteradamente. El refresco y el cigarro quitan el hambre, decía.
- La gente dice que si no tengo miedo de vivir sola en mi casita. Yo les he dicho que no. Que porqué voy a tener miedo si no estoy sola. Yo siento que alguien está conmigo. -Apuntaba con su pequeña mano al cielo, pensativa, y afirmaba -Dios, Dios siempre está conmigo, no lo puedo ver, pero lo siento, yo siento que hay alguien conmigo en casa. Y por eso no tengo miedo.-
- Claro que Dios está con usted, Él la acompaña - le respondí.
- ¿Estás segura? ¿De verdad crees eso que me acabas de decir?- Me preguntó pensativa.
- Estoy completamente segura. Siempre le acompaña.-
Ella sonrió.
- No sabes lo feliz que me hace saber que tú también creas que Dios está conmigo.-
Sus ojos se nublaron un poco más, si acaso esto era posible.
- No entiendo por qué mis hijos no vienen a verme. Uno vive en Estados Unidos y pues se entiende, pero mi hija, vive aquí a una hora y no viene. Tengo dos años que no la veo.-
Volteó a ver a su hermana que estaba sentada a un lado y dijo con tristeza y nostalgia -a ella sí la visita su hijo y también vive en Río Colorado, como mi hija. No sé que pasó y por qué me abandonaron, pero -insistió- yo no estoy sola.-
Le ofrecimos que pasara a comer. Se negó nuevamente. Insistí. Le dije que si quería que le trajera un taco ahí, al patio donde estábamos sentadas. Dijo que sí. Su hermana dijo que sí también. Dos tacos de panela y queso para una, dos tacos de pollo para ella. Con sus pequeñas manos, con muñones por dedos, tomó la comida y la disfrutó como si hace tiempo no comiera. Creo que hacía muchas horas que no comía algo en forma.
- Tuve hambre y me diste de comer, tuve frío y me cobijaste.-
Y al decir esto miró al cielo y sus ojos se nublaron nuevamente. -Gracias, gracias. Dios te va a pagar.-
Tanto agradecimiento ante un gesto, que pare mí era algo muy sencillo y normal.
Yo valoré mi vida y mi familia, aprendí de su fe, y me cuestioné sobre la humanidad, sobre qué debe pasar en el corazón y la cabeza de un ser humano para abandonar a quien le dio la vida.
El resto de la tarde se desarrolló entre cigarros, plática, risas, naranjas y semillas.
Todos estábamos felices.

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